Las personas se han convertido en verdugos, ávidos de sangre. Como cuervos sobre un campo de batalla, revolotean buscando el menor rastro de debilidad para devorarlo. No hay espacio para la compasión, solo para el juicio implacable. Nos deleitamos en desgarrar a los demás, como si sus fallas fueran trofeos que exhibir. Pero olvidamos que todos somos criaturas frágiles, con grietas que atraviesan nuestra alma. Antes de apuntar con el dedo, deberíamos mirar al espejo y enfrentar el abismo que nos habita.
Nos someten a pruebas, no con la intención de comprendernos, sino de quebrarnos. Si dudas de alguien, simplemente apártate. No busques condicionar ni someter a nadie a tus expectativas, porque también eres un ser imperfecto, propenso a tropezar en el momento menos esperado. ¿Y si fueras tú quien se equivoca? ¿Quién te salvaría del abismo que has cavado para otros?
“Tus ideas son locas”, dicen. Pero, ¿y sus acciones? Como todo ser humano, estoy hecho de luces y sombras. Caigo y me levanto, aunque el peso de mis errores me aplaste como una losa que nunca termina de ceder. He demostrado ser único, estar presente cuando se me necesita, pero la recompensa por mi lealtad ha sido, demasiadas veces, la soledad.
¿Y ustedes? ¿Han estado ahí?
Pongan a prueba su lealtad antes de atreverse a juzgarme. Mi mundo social es un oasis pequeño en un desierto de hipocresía. Prefiero rodearme de personas sinceras, sin doble moral, que hablen con la claridad de un arroyo cristalino. No todas son así; muchas, demasiadas, han mostrado rostros disfrazados.
Los amigos verdaderos son escasos, como las estrellas en una noche cubierta de nubes. Detesto a quienes se niegan a reconocer sus errores, como si la verdad pudiera ser enterrada bajo su indiferencia. La vida es sencilla: si deseas mi amistad, la tendrás. Si dudas de mí, aléjate. Pero hazlo en silencio, sin pregonar tus dudas, porque al hacerlo me harás un favor: me ayudarás a limpiar mi entorno, a despejar mi camino de la basura que me recuerda la fragilidad de esta existencia.
Si esperas que nunca te falle, estás destinado a la desilusión. Todos llevamos defectos y virtudes en nuestras alforjas. Si alguna vez me fallo a mí mismo, ¿por qué deberías esperar que no te falle a ti? La lealtad es un puente frágil en un mundo donde la traición es la moneda corriente.
Así es la vida: cruda, hermosa, impredecible. Y así soy yo: imperfecto, leal, humano.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario